María. Tiranía de la imagen (ESPAÑA)

Una mujer de independiente, segura de si misma, probablemente en una carrera ejecutiva que ha hecho suya. 

Viste elegante, transmite seguridad, tiene carácter y dinero para comprarse sus propias joyas, aunque seguramente no lo haga. Esa es la imagen que quiere mostrar esta fotografía pensada para transmitirnos sentimientos y valores que  nos inviten a ser como ella. Tal es el poder de la publicidad. 

Esta imagen ha sido preparada para  hacernos creer que ella puede hacer lo que se proponga, y que las joyas son parte del aura de seguridad y poder de una mujer moderna. Ella es modelo y esta es una campaña de publicidad de una joyería que sabe muy bien cómo quiere verse una mujer de hoy en día. Esta es una imagen para ser consumida por otras mujeres, para variar.

La publicidad tiene mucho poder sobre nosotros y sobre cómo nos vemos, qué deseamos. El cuerpo de la mujer se ha utilizado para atraer la mirada, objeto de reclamo. Las mujeres son observadas y tradicionalmente son los hombres los que miran. No queda del todo obsoleto la imagen del cuerpo de mujer semi-desnuda para vender coches, perfumes, helados… lo que sea. Una industria entera construida alrededor de este voyeurismo.

Ahora viene la realidad y el porqué esta foto me gusta tanto. María es enfermera, y una muy buena. Trabaja incansable en un hospital público y en sus redes podemos ver la complejidad y la humanidad de su dedicación. En su tiempo libre hace de modelo, practica pole dance, viaja y se divierte. Dirige su vida como quiere. Así que, afortunadamente, la imagen publicitaria y los valores que transmite no está tan lejos de la realidad en este caso. 

LA TIRANÍA DE LA IMAGEN

Susan Bordo describe la «tiranía de la imagen» como un fenómeno que hiere profundamente la autoimagen, la identidad y la confianza de las mujeres. La belleza, tal como la representan los medios, se convierte en un ideal homogéneo e inalcanzable, que vemos constantemente en la publicidad, el cine, las revistas y las plataformas digitales. La mujer hermosa es el estándar del valor personal con el que las mujeres han de medirse, su apariencia física las mide y descalifica todo aquello que no encaja en el molde.

Esta situación es especialmente dañina durante la adolescencia, una etapa crucial en el desarrollo de la identidad. En este periodo, las jóvenes buscan referencias externas para definir su lugar en el mundo y están bombardeadas por imágenes idealizadas de tik-tok, por filtros, publicidades retocadas, influencers que prometen ser como ellas… Estas referencias generan insatisfacción crónica con el cuerpo, distorsionan la autopercepción y pueden desembocar en trastornos alimentarios, dismorfofobia y baja autoestima.

Los medios perpetúan estándares como la delgadez extrema, la piel «perfecta» y una estética homogénea que no refleja la diversidad real. Las industrias de la belleza, que generan miles de millones de euros anuales, tienen un interés directo en mantener estos ideales. En España, por ejemplo, el mercado de cosméticos alcanzó los 10.400 millones de euros en 2023, un 12% más que el año anterior. Fenómenos como la “cosmeticorexia”, un uso obsesivo de productos de belleza, están en auge, especialmente entre adolescentes. Este aumento, etiquetado como «cuidado personal», es en realidad el resultado de campañas dirigidas a alimentar inseguridades en esta franja de edad.

La última frontera de esta industria son las intervenciones estéticas, que llegó hace tiempo pero que cada vez se extiende más y cada vez entre más jóvenes. La edad media para empezar a hacerse intervenciones ha bajado de los 35 a los 20 años. Las más populares son las remodelaciones faciales, rinoplastia y relleno de labios, aunue el aumento de pecho les sigue de cerca. Las jóvenes comienzan a verse cada vez más defectos porque están enfrente de un espejo continuamente. Las cifras no dejan de avisarnos, las intervenciones han crecido un 215% en los últimos años y muchas veces están  asociadas a problemas de salud mental. No se trata de superar un complejo, se trata de la búsqueda de la perfección externa. 

FEMINISMO INSTRUMENTALIZADO

Todos somos libres de hacer lo que queramos con nuestros cuerpos. Pero algo estamos haciendo mal si dejamos que la depresión, la insatisfacción y la dismorfia nos arrastre por los quirófanos, porque ningún bisturí ni relleno va a poder combatir otro tipo de patología. 

Estamos permitiendo que la publicidad no solo perpetúe estos estándares sino que incluso creamos las consignas de un marketing que nos hace sentirnos mal para que compremos. Se ha instrumentalizado el  discurso feminista como herramienta de marketing cuando conviene mientras que seguimos viendo mujeres objeto en anuncios de refrescos y perfumes. Se ensalzan supuestos ideales de empoderamiento, pero se ignoran problemas estructurales como la brecha salarial o la violencia de género. En paralelo, refuerza roles de género limitantes, presentando a las mujeres en posiciones pasivas y ornamentales, mientras los hombres encarnan roles activos y dominantes. 

IMPACTO EMOCIONAL Y CULTURAL

Las cifras son claras. Enfermedades mentales como la ansiedad o la depresión afectaron a más de un millón de adolescentes (el 14%) en España en 2022, en parte debido a la presión social constante. Esta vulnerabilidad emocional se conecta con fenómenos más amplios, como la violencia de pareja en edades tempranas; un informe de la OMS señala que el 24% de las adolescentes en todo el mundo han experimentado violencia de pareja antes de los 20 años. En España, el aumento de feminicidios y agresiones entre parejas jóvenes subraya la necesidad urgente de medidas educativas y preventivas.

En este contexto, la cultura de la violación no solo abarca agresiones sexuales, sino también una estructura cultural que normaliza la cosificación y subordinación de las mujeres. La publicidad desempeña un papel clave en este entramado al idealizar imágenes hipersexualizadas y penalizar cualquier desviación de ese molde.

El cambio requiere un compromiso colectivo para exigir representaciones responsables y realistas en los medios, fomentando una cultura que celebre la diversidad y respete la autonomía de las mujeres en todas sus formas.

LA MASCULINIDAD DEL PODER.

En los espacios de poder, las mujeres enfrentan un escrutinio constante que va mucho más allá de su desempeño profesional. Su vestimenta, peinados o actitudes son objeto de críticas que rara vez se aplican a sus pares masculinos. Se espera que adopten posturas y comportamientos tradicionalmente asociados con lo masculino para ser tomadas en serio, perpetuando la idea de que lo «masculino» es el estándar de éxito. Este doble estándar no solo limita a las mujeres, sino que refuerza la noción de que el poder está intrínsecamente ligado a la masculinidad.

El arquetipo de la «supermujer» refleja esta carga desproporcionada. Se exige que una mujer sea profesionalmente exitosa, con un «aura masculina» que inspire autoridad, pero sin cruzar la línea de parecer demasiado ambiciosa, pues eso resulta intimidante. Al mismo tiempo, debe ser atractiva, sensual, una madre ejemplar y emocionalmente equilibrada. Este ideal, lejos de empoderar, genera una culpa constante, al ser inalcanzable. Porque lo que realmente empodera no es encajar en un molde, sino la libre elección: poder decidir sin ser juzgada. Elegir ser ama de casa, emprendedora, científica, artista o stripper. La verdadera igualdad reside en respetar esas decisiones, sin etiquetas ni críticas.

Mientras tanto, la publicidad sigue apropiándose de discursos feministas como estrategia de marketing, pero sin abordar los problemas estructurales que enfrentan las mujeres. En campañas publicitarias o políticas, se exalta la imagen de la «mujer poderosa», pero en el día a día se perpetúan barreras como la brecha salarial, los techos de cristal y la violencia de género. Esta disonancia demuestra cómo los medios capitalizan el feminismo superficial, al mismo tiempo que alimentan narrativas que controlan y cosifican a las mujeres.

El cambio real pasa por responsabilizar a las industrias mediáticas y publicitarias, exigir narrativas que celebren la diversidad y respeten la autonomía de las mujeres. Porque el poder no debería medirse en términos masculinos, sino en términos humanos. Y en esa medida, todos deberíamos tener cabida.

INDICADORES EN ESPAÑA

España es un país de Europa Occidental con una de las economías más grandes de la zona euro. Con una historia y cultura ricas y un sistema político descentralizado, España ha sido un importante actor en la Unión Europea. Sin embargo, su economía ha sido desafiada en los últimos años por la crisis financiera de 2008, la pandemia de COVID-19 y las desigualdades sociales, a pesar de las reformas implementadas. En cuanto a los derechos de género y la equidad social, el país ha realizado avances, pero aún persisten algunas disparidades.

1. Indicadores Económicos World Bank

2. Indicadores Sociales World Bank INE – España en Cifras

3. Indicadores de Género World Bank WEF – Global Gender Gap Report

 

Resumen:

España es un país desarrollado con una economía diversa y fuerte, aunque enfrenta desafíos en términos de desempleo estructural, inflación y desigualdad social. A nivel de género, se han logrado grandes avances, pero persisten disparidades salariales y desafíos en la lucha contra la violencia de género. La baja tasa de natalidad y el envejecimiento de la población plantean importantes desafíos demográficos a futuro.